sábado, 11 de febrero de 2012

Citas al cuadrado

Me topo recientemente con que hay una nueva pugna intelectualoide, por el reciente otorgamiento del premio "Xavier Villaurrutia" a Sealtiel Alatriste y el trágico escenario de haberlo cachado haciendo unos homenajes a otros escritores, que el resto de los mortales entendemos, sin más, como plagio.

Uno de los que más ha saltado en defensa de los valores de la escritura ha sido Guillermo Sheridan, tal y como pueden constatarlo aquí. Pero lo más significativo de esto que para la sociedad mexicana ha pasado inadvertido y no ocupa un lugar estelar en los noticieros del dos y del trece, es que hasta las autoridades más autorizadas de la UNAM, aún no se hayan pronunciado en relación con las evidencias publicadas del modo en el cual Alatriste se hace de inspiración.

Más indignante aún es que, de acuerdo con la legislación universitaria, si un estudiante plagia, la sanción puede ir desde la reprobación de su asignatura hasta la expulsión definitiva de la Universidad, en virtud de qué tan grave sea el plagio. Pero, al parecer, si los funcionarios plagian, después son premiados y luego se les descubre el plagio, la cuestión es diferente. Esto puede indicar dos cosas: o bien se cree que los académicos-funcionarios son seres moralmente intachables, a quienes por principio les está negado el deseo de facilitarse el trabajo y, con ello, obtener el mayor beneficio, o bien, la legislación universitaria sí contempla sanciones para el plagio, sea quien sea que lo perpetre, pero por ahorita no conviene que se aplique el rigor.

No cabe duda que la corrupción ya ha invadido hasta los puntos que creíamos más seguros. La injustificable acción de Alatriste, aunada a su ridícula explicación (dice que no es plagio sino un "homenaje" a otros autores, una "cita elevada al cuadrado"), sólo dan muestra de que la honestidad en el oficio de las letras ya se está volviendo una prenda para verse bien, en lugar de ser una convicción tatuada en el alma (vaya, hasta el alma está en desuso).

jueves, 15 de septiembre de 2011

La in-defensa filosofía ante la educación

Las aguas en torno a la "desaparición de la filosofía" se siguen agitando y pareciese que con mayor vigor. Los monopolizadores de la "defensa de la filosofía", han logrado (lo digo sin ironía) el acertado punto de hacer que grandes pensadores, como Noam Chomsky, sean testigos del incumplimiento del acuerdo que se logró con la SEP, para incorporar las competencias disciplinares propias de las asignaturas filosóficas.

Eso está muy bien. Pero me preocupa sobremanera que quienes encabezan el movimiento no sean necesariamente profesores de filosofía en la Educación Media Superior. Preguntaré ingenuamente: ¿qué es importante defender, la formación de los jóvenes o la persistencia de materias filosóficas? Muy probablemente, los grandes paladines que defienden a la "Ciencia Primera" afirmarán que se trata de defender ambas cosas. Pero si esto es verdad, ¿por qué no hay desplegados de la juventud que siente como ultraje el que se le retiren las materias filosóficas? Y si los hay, ¿no será porque sus profesores los involucran sin hacerlos suficientemente concientes de por qué se defiende a la filosofía?

La gran mayoría de nuestros jóvenes desean tener una posición de ventaja dentro del mundo que habitamos. El cual, nos guste o no, es esencialmente capitalista con una complejidad cada vez mayor y  extrapola la competencia entre los individuos. Así, dado el mundo (civilizado, según dicen) en el que vivimos, es evidente que los jóvenes están aprendiendo a moverse para sacar el mejor provecho y la mayor ventaja para su propio bienestar. Pero por bienestar debemos entender ahora accesibilidad monetaria o poder financiero. De tal manera que estar bien significa hoy en día tener capital para moverse: hacerse a partir de lo que se puede tener.

Así pues, nuestro tiempo es, en cierto sentido, teleológico. Es decir, supone que todo lo que se aprende debe tener una utilidad para obtener algo. De este modo, el aprendizaje o la educación, se observa como un medio para lograr metas tales como un buen empleo y la consiguiente obtención de dinero que, a su vez, deviene en posibilidad de tener y de ser: el hombre desea tener. Por esta razón se entiende que uno de los grandes prejuicios que configuran la realidad contemporánea, sea la creencia de que todo, el conocimiento incluido, debe servir para algo; más aún, debe ser un medio para producir otra cosa que estimule la propia satisfacción en términos materiales. Incluso las religiones contemporáneas, que antaño velaban por el cuidado del espíritu, hoy en día sólo se consideran efectivas si dicho cuidado se refleja materialmente, esto es, si se siente la tranquilidad del espíritu mediante la adquisición de bienes.

Frente a este contexto, ¿cómo lograr que los jóvenes que crecen y se desarrollan en medio de este contexto se interesen por la filosofía? No es gratuito, por lo mismo, que se pregunten una y otra vez por la utilidad de la filosofía. Y al no existir una única respuesta y, por consiguiente, un objetivo claro que pudiera alcanzarse con ella, es evidente que no despertará mucho interés.

Analicemos el siguiente video:




Dado que, efectivamente, la población "civilizada" educa a los jóvenes desde su infancia con la ideología del consumismo, del "tener para ser", es claro que en su juventud creen que ello es normal. ¿Cómo pretende la filosofía, al menos en nuestro país, combatir esa opinión en uno o tres años? Si no ha podido, ¿qué garantiza que podrá después, aun logrando permanecer en los planes de estudio?

Me parece que no sólo hay que defender la permanencia de la filosofía en los planes de estudio, sino que hay que repensar la educación desde la base y, con ello, ejercer la filosofía como un auténtico ejercicio que reconoce el verdadero servicio que da: formar al hombre. Si esto no se logra, quizá entonces la filosofía no pase de ser un mero divertimento mental que, aun haciendo crítica, no logra cambiar nada.

lunes, 11 de julio de 2011

Adiós a Sánchez Vázquez





Desde el año pasado, tengo la extraña sensación de que una gran generación de pensadores y artistas se han comenzado a ir de este mundo. La cuestión es, sobretodo, que pareciese que se van en grupo, dejando un espacio muy grande difícil de llenar.




Siendo honesto, en realidad es poco lo que tengo que decir sobre el filósofo español. Confieso que no soy seguidor de la filosofía de Sánchez Vázquez, pero si algo he de admitir, es que hizo cosas muy importantes en la cultura. Fue un pensador cabal, que se entregó al marxismo tratando de imprimirle una renovación necesaria. Su filosofía pretendió, por si fuera poco lo anterior, incluir en el marxismo una veta estética, esto es, una reflexión en torno al arte como parte del devenir histórico-material. Pensar el arte, desde el materialismo es, sin duda, una audacia que exige la agudeza y buen genio de quien lo postula.




Alcancé, a pesar de su edad y de la mía, a escucharlo de viva voz en su casa, la Facultad de Filosofía y Letras y, desde entonces, he sabido que con él se acababa la riqueza de los maestros exiliados que llegaron a nutrir nuestras ideas y nuestra cultura. Es, por tanto, verdaderamente una pena que el penúltimo pensador exiliado haya partido ya definitivamente de este mundo, para dejar de ser exiliado y habitar en la constelación de los grandes pensadores.




Que descanse en paz, Dr. Adolfo Sánchez Vázquez.

domingo, 5 de junio de 2011

Porque se puede

Hace ya algunos meses atrás, anduvo circulando por la internet y alguno que otro diario de cierto interés, la siguiente imagen:



El simpático animal, causó sensación por el hecho de ser el producto de la primera cruza entre un burro y una cebra o entre un cebro y una burra. La cuestión es que, ante tal grado de extrañeza, la comunidad protectora de animales (y no sé, tal vez hasta Greenpeace) internacional, pegó el grito en el cielo denunciando tal aberración. ¿Cómo es posible -decían los defensores de los animales- que el hombre haga semejantes experimentos? ¿Qué derecho tiene el humano para alterar así a la naturaleza?


Lo cierto es que todo se apagó rápidamente, como siempre, y hoy probablemente ya nadie se acuerde de nuestro burrobro o cebrurro. A pesar de ello, podría uno preguntarse si, efectivamente, el hombre alteró la naturaleza. ¿No será demasiado afirmar que el ser humano ha logrado superar las creaciones naturales? ¿No será, más bien, que la naturaleza posee mayores posibilidades de las que estamos acostumbrados a ver? Porque es un hecho que la aberración fue posible y esto es lo inquietante.


Supongamos que nos empeñamos en cruzar un delfín con un orangután. ¿Por qué razón no surgen híbridos de dichas especies?, o ¿por qué no surgen seres intermedios de la copulación entre simios y humanos? La respuesta, adicionalmente a lo que las ciencias biológicas puedan decir con mayor decoro y precisión, es que eso no es posible. Lo cual implica que la naturaleza permite cosas que pensábamos imposibles. De suerte que si se considera al animalín aquél una aberración, se debe más bien a nuestra ignorancia acerca de las potencias de la realidad y no a un accidente de la misma. ¿Cómo es posible que la realidad, por sí misma, se pueda equivocar? Ello implicaría, entonces, que hay una forma correcta de ser de lo real y una incorrecta. O sea que, siguiendo esto, la realidad puede estar bien o mal. Por consiguiente, el bien y el mal serían estados en los cuales se alberga la realidad entera, en función de su correcto o no, devenir. ¡Bonito cuento metafísico!


Pero pensemos que, tal vez, como decía Schopenhauer, la realidad posee una fuerza determinante pero indeterminada que permite ser a todo lo que captamos. Esa potencia explicaría por qué ciertas posibilidades de la realidad se pueden y otras no. De hecho, el filósofo citado, empleaba un término claramente humano, aunque deseaba prescindir del mismo. El término es Voluntad. La realidad es Voluntad, o sea, potencia pura que carece de limitaciones y cuyas objetivaciones son todas las entidades existentes. Diríamos que somos porque fuimos posibles.


De modo que, al ser, somos un resultado de la posibilidad. Y mientras somos, seguimos actuando porque se puede. Este poder ser cósmico es el que llama la atención y que, además, resulta incomprensible pero parece evidente. ¿Qué es esta fuerza? ¿Por qué ciertas cosas se pueden y otras no? Acaso las preguntas sean simplemente retóricas, pues dudo que exista razón que de cuenta de lo a-racional. Con todo, la patencia de la potencia inquieta a la razón y hasta pareciese que la empuja hacer lo imposible: pensar ahí donde no cabe el pensamiento.


Como sea, lo que creemos imposible puede ponerse en duda porque tal vez la imposibilidad sea una categoría de la razón y no un hecho de la realidad. Y, sin embargo, también hay hechos que se niegan a ser posibles y que la razón registra como orden. He aquí la cuestión de fondo, en virtud de la cual, es menester señalar que las aberraciones no deben ser negadas sino asumidas como posibilidad, aunque sea grotesca, de la realidad. A fin de cuentas, lo real no tiene por qué ser necesariamente lo que creemos.

domingo, 13 de febrero de 2011

Estar hasta la madre, como Sicilia

El pasado domingo 17 de abril en el diario La Jornada aparecieron, en sus primeras páginas, las noticias acerca de los familiares que buscan a sus parientes desaparecidos entre los más de 150 cadáveres encontrados en las llamadas "narcofosas", en el municipio San Fernando ubicado en el Estado de Tamaulipas, México. El simple hecho de saber de la existencia de fosas en las cuales arrojaban a los muertos que eran asesinados tras haber sido secuestrados en el autobús que viajaban, por el simple hecho de que los narcos querían dinero para sí y no lo conseguían, es de suyo inconcebible; pero saber que familiares de muchos desaparecidos que buscan, al menos, un cadáver para apaciguar la zozobra ocasionada por no saber nada de sus seres queridos, y que, aún así, las autoridades no garanticen castigos o algún tipo de seguridad, es francamente intolerable.




Qué terrible es darse cuenta de que México es un país de potenciales baleados, de violados o secuestrados. El pueblo mexicano está, literalemente, expuesto a miles de balas perdidas que después son encontradas en la carne de algún inocente. Más grave, todavía, es que el presidente se lance contra el narcotráfico con miles de funcionarios públicos al servicio de la fuerza contra la que, supuestamente, debe actuar. Calderón se quedó solo en una guerra que, de inicio, estaba perdida. Porque, en efecto, quiso iniciar y hacer algo "bueno" a partir de un gobierno corrompido y que discursivamente iba a pelear contra el narcotráfico pero que en la práctica terminó por reconocerlo como poder real. La guerra, pues, estaba perdida y aunque se atrape a los jefes, el mal no se agota y la sangre inocente se multiplica, como si fuese una hemorragia incapaz de detenerse.




¿Cómo no estar hasta la madre? ¿Cómo no gritar "ya basta"? ¿Cómo le pide un presidente a la madre que perdió a su hijo o, viceversa, que piense que su pérdida no ha sido en vano, si a pesar de ella, el supuesto objetivo no se cumple? ¿Por qué no mandar a los hijos de los políticos a los frentes de batalla para que sacrifiquen sus vidas por "limpiar al país de la delincuencia"? ¿Por qué sólo el pueblo sufre y debe tolerar la frialdad de los funcionarios que, con plena naturalidad, les dicen que "dejen de chingar" o "ya, hombre, lo más probable es que sí esté muerto [su familiar]"?




Y cuando acabe la guerra, ¿qué? ¿Los familiares de muertos o desaparecidos se sentirán contentos o satisfechos de que sus seres queridos fueron "mártires" de tan ansiada paz? ¿De veras cree Calderón que logrando que se exterminen los narcos [risas], las miles de familias afectadas vivirán mejor? No cabe duda que la ingenuidad más grave es la que busca una utopía a costa de vidas ajenas e intenta convencer al resto de que así deben ser las cosas. Curioso que este sr. Calderón, diga que su antiguo contrincante en la carrera presidencial fuese un peligro para México. Ojalá que nunca, un día, como a Javier Sicilia, le llegue la noticia de que uno de sus hijos fue hallado muerto junto con otros amigos en el interior de un automóvil; pero si fuese el caso, espero que sea congruente consigo mismo y declare: "Sí, murió mi hijo, pero fue necesario por el bien de México". Sé que suena ingenuo y hasta estúpido, pero al menos yo no mato a nadie con ello.




Y sí, efectivamente, estamos hasta la madre. Ahora, ¿qué vamos a hacer?





jueves, 23 de diciembre de 2010

Sin principios ni razón: posmodernos



Hace algún tiempo, harán unos dos años, acá en México se transmitía por televisión una telenovela inspirada en el Conde de Montecristo. Sospecho que algún "talentoso" guionista le pareció una historia genial cuya adapatación a la sociedad clasemediera mexicana era impostergable y, por si fuera poco, se le antojaba como un éxito. No supe si lo fue, pero comenzó a haber reediciones de dicha novela con los personajes de la telenovela en la portada. Fue uno de los más lamentables golpes a la literatura universal.

Naturalmente, la adaptación no fue mala sino pésima. Pero lo que más recuerdo con terror, fue una escena en la cual el protagonista (un boludo traído de la Argentina) se encontraba esperando a la coprotagonista para ir a cenar a un lugar muy finolis, mientras ella terminaba de dar los toques necesarios a su maquillaje para cautivarlo con su belleza; al aparecer la chica-madame fatale ante el argentino, éste dijo: "¡Vasha! ¡Sos toda una mujer posmoderna!"

Irónicamente, esa breve frase es lo más rescatable y aun memorable de aquella fallida adaptación. Y es memorable por la sencilla razón de que no sólo la actriz, sino el conjunto entero de aquel programa de televisión era, en efecto, posmoderno. Sin embargo, tengo mis dudas acerca de si el personaje realmente sabía de lo que hablaba; es decir, dudo de que en la telenovela tuvieran verdadera consciencia de lo que quiso decir.

Lo que es verdad, sin embargo, es que la Posmodernidad es algo en nuestro presente y no es sólo un supuesto teórico de algunas corrientes sociológicas, literarias, artísticas o filosóficas. Para éstas, en general, la Posmodernidad puede verse prácticamente como un nuevo periodo histórico en el cual el proyecto Moderno (sobre todo desde la Ilustración) ha fracasado. Nos encontramos, según esta visión, ante el ocaso del humanismo, la imposición de un sistema mercadotécnico y la cruel verdad de que no existen principios ni fundamentos en sí mismos que sirvan de asidero al hombre. Es, por decirlo de algún modo, el darse cuenta de que somos huérfanos, exiliados de ningún lado y sin posibilidad de volver a nada.

Pese a esto, no creo que esta nueva "etapa" sea algo que se opone a lo Moderno; es decir, no considero que sea una especie de antítesis, sino su más cabal perfeccionamiento. Dicho en otros términos, no creo que nos hallemos en una posterioridad de lo Moderno, sino en una suerte de Ultramodernidad. Es decir, nos encontramos en una fase en la cual, el mecanicismo y sistematización de prácticamente todos los ámbitos de la vida humana, se han llevado a cabo. El mundo humano es hoy, tristemente, mecánico: todo funciona con electricidad y ondas de todo tipo. La Racionalidad calculadora ha logrado automatizar la vida misma, al grado de que sin tecnología simplemente no es posible vivir.

Ahora bien, desde mi perspectiva, una auténtica superación de lo Moderno sería, precisamente, el momento en el cual la Racionalidad (fundamento Moderno) dejase de operar, esto es, la Modernidad sería superada si el paradigma último de referencia fuese cambiado. Por ejemplo, es factible hablar de un paradigma distinto entre la Antigüedad y la Modernidad, porque en aquélla, el fundamento último no era la Razón, sino la Physis, el orden absoluto del Todo, al cual se adecuaba el resto. Este paradigma cambió de la Antigüedad a la Edad Media, porque de la Physis se pasó al Dios judeo-cristiano, quien se volvió el centro de referencia de todo lo humano. Para la Modernidad, la referencia fue la Racionalidad, entendida ésta como la facultad que posibilita el cálculo y la precisión, de modo tal que garantiza certeza y seguridad. Por esto último, no debe llamar la atención que sea la sociedad Moderna la más organizada según la facultad racional.

Pues bien, dicho referente, a saber, la Racionalidad, no ha dejado de ser el fundamento de nuestra sociedad. A pesar de que los posmodernos hablan acerca de una falta de fundamento, negando con ello a la racionalidad, ésta sigue siendo la dueña y señora de las actividades vitales de los seres humanos hoy en día. Sin duda, el fundamento que hemos inventado, a saber, la Razón, es un fundamento espurio, se diluirá pobremente cuando no existan más individuos en el mundo; pero mientras la sociedad siga existiendo, la racionalidad se seguirá alimentando de sus esclavos.

El posmoderno advierte que no hay fundamento, que la Razón, el Sujeto absoluto o trascendente, Dios o cualquier otro, son simples ideas fugaces cuya existencia independiente del hombre es falsa. Y al negar la posibilidad de otro fundamento, afirma la negación absoluta: la Nada como auténtico contenido de lo Real. Así, el posmoderno concluye que no hay nada detrás de las apariencias, que no hay fundamento, que todo depende del poder en turno, que no hay valores, que todo da lo mismo, que todo es rescatable. Para el posmoderno, en suma, todo da igual.

Y a pesar de la actitud Posmoderna, la Racionalidad es lo que sigue operando. La industria cultural, la economía, la guerra, la informática y hoy en día la Internet, son la patencia de que nuestra realidad es, esencialmente, racional. Sin embargo, esta racionalidad no inspira nada, no permite que se desarrollen otras actividades alejadas de lo técnico, todo lo consume y lo subsume. Esta racionalidad adoctrina, mecaniza, ordena y nunca da la cara. Es un orden sistemático de mil rostros y ni una sola mirada.

Todo lo cual nos deja ver que este orden mundial en el que vivimos es estrictamente racional, al punto de que no fomenta el crecimiento ético ni estético. La fe se desploma ante la racionalidad médico-cietificista y, por si fuera poco, las relaciones humanas se humillan ante la presencia, cada vez más creciente, de la mediación cibernética (y ya ni hablemos del cuidado del lenguaje, que esto es, como se sabe, una batalla perdida).

La Posmodernidad es, desde esta perspectiva, el triunfo de la automatización racional. No entiendo, por esto, qué sentido tienen ciertas corrientes artísticas que pretenden anular al sujeto, si éste, en la vida cotidiana, ya se halla abnegado por el sistema mismo. Así las cosas y, por fortuna, el sistema aún no es del todo perfecto, motivo por el cual todavía es posible seguir dando razón de lo que ocurre e incluso, los más temerarios, todavía logran ser éticos, a pesar de toda falta, a pesar de tantos hombres y mujeres posmodernos.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Decir demasiado


Quizá el oficio filosófico, además de ser el más noble -según dice Aristóteles-, es también el más peligroso. El compromiso que el filósofo tiene con la verdad, resulta ser muchas veces amenazado por el poder, quien desde antiguo, siempre da mucho de qué hablar. Decir la verdad no siempre es cómodo por la simple razón de que se hace ver la gravededad de las acciones de uno mismo. Aquel que no reflexiona, generalmente no se juzga y no repara en las consecuencias de sus actos y, por ello mismo, considera una ofensa que alguien más le juzgue si él mismo es incapaz, por gusto o por deficiencia, de hacerlo. Nada más recuérdese el caso de Sócrates, quien murió injustamente, precisamente por su afán cuestionador, por no callarse ante la supuesta sabiduría de la que los sofistas se arrogaban el título de maestros.


A lo largo de la historia del pensamiento Occidental, han habido casos ejemplares de persecusiones de aquellos quienes han osado alzar la voz o esgrimir la pluma frente a las injusticias, los malos hábitos, la sinrazón y los abusos. Dichas persecusiones han derivado en muertes ejemplares, en martirios o sufrimientos memorables que ennobleccen a quien se inmola de tal manera. El del filósofo es destino temible cuando es comprometido. Y es temible, porque al decirlo todo y decirlo como es, muchas veces se hace temblar.


A nadie le gusta escuchar la verdad. Pero no la verdad en abstracto, aquella que se adecua a lo real y en ello confirma la corrección de su ser. La verdad que se niega es la propia, la que entraña y funda el orden de las propias acciones. Se rehúye esa verdad que exige responsabilidad por los propios actos, que reprocha la falta de reflexión en los motivos, que pide cuentas ante el dolor causado a terceros por la impericia y egoísta decisión tomada. Esta verdad es la que fastidia, cuando se hace evidente la no adecuación entre lo que se dice hacer y el fluir de las propias acciones.


Poder se traduce en "poder de acción". Quien es poderoso, literalmente, puede hacer lo que le venga en gana sin restricción alguna. Es el filósofo, a través de la reflexión ética, quien ha tratado de contener al poderoso, a ese sujeto que se yergue sobre el sometimiento del resto. Y, al hacerlo, el filósofo encara al poderoso, lo retrata con sus palabras y, al reflejarlo, éste intenta por todos los medios destruir la imagen para que nadie reconozca su debilidad. El poder, ofendido y desafiado, la mayor de las veces intenta reprimir a quien no se calla, a ese insolente que revela la oscuridad de las acciones del poder.




Herederos de esto son, sin duda, los periodistas serios. Y con "serios" lo que se quiere decir es que se trata de aquellos que acuden a fuentes confiables, que se atreven a adentrarse en los dominios de quienes detentan el poder de manera injusta o infame, y exponen la miseria que adorna a los empoderados. Pero decir la verdad siempre ha sido necesario, pero también ha sido un ejercicio ingrato, sobre todo para quienes esperan algo a cambio de decir la verdad. El periodista y el filósofo difieren en este punto, pues mientras aquél busca informar por trabajo, deber moral o compromiso ideológico en pos de un mundo mejor, el filósofo sabe que la verdad no entraña nada más que la correcta relación entre el mundo humano y el mundo en general. Decir la verdad, efectivamente, abre la consciencia de otros, pero no para que se dé una revuelta por parte de "los engañados", sino para que no se les engañe y abuse en ningún sentido. El periodista busca verdades de enemigos concretos: empresas, televisoras, políticos. El filósofo busca verdades de todo.


Sea como fuere, todavía hoy en la supuesta era de la "libertad de expresión" decirlo todo sigue siendo mal visto y aun perseguido. Basta ver lo que está ocurriendo en el mundo con lo del famoso Wikileaks, quien ha dejado escurrir demasiada información, al grado de que las grandes potencias buscan acallarlo. Los tiempos, ciertamente, han cambiado y sin embargo el hombre aún no logra aceptar que se le diga la verdad, que se le diga que actúa mal, que defrauda y engaña. El hombre, es decir, la humanidad, sigue condenando a Sócrates simbólicamente, pues sigue sin comprender que el mayor servicio que le puede dar un ser humano a otro es decirle la verdad para mejorar su ser, para ser más humano.