Delirio a la deriva
En el mar de incertidumbres delirar es lo más sensato, porque sólo así es posible mantenerse a flote.
sábado, 11 de febrero de 2012
Citas al cuadrado
jueves, 15 de septiembre de 2011
La in-defensa filosofía ante la educación
lunes, 11 de julio de 2011
Adiós a Sánchez Vázquez

domingo, 5 de junio de 2011
Porque se puede
El simpático animal, causó sensación por el hecho de ser el producto de la primera cruza entre un burro y una cebra o entre un cebro y una burra. La cuestión es que, ante tal grado de extrañeza, la comunidad protectora de animales (y no sé, tal vez hasta Greenpeace) internacional, pegó el grito en el cielo denunciando tal aberración. ¿Cómo es posible -decían los defensores de los animales- que el hombre haga semejantes experimentos? ¿Qué derecho tiene el humano para alterar así a la naturaleza?
Lo cierto es que todo se apagó rápidamente, como siempre, y hoy probablemente ya nadie se acuerde de nuestro burrobro o cebrurro. A pesar de ello, podría uno preguntarse si, efectivamente, el hombre alteró la naturaleza. ¿No será demasiado afirmar que el ser humano ha logrado superar las creaciones naturales? ¿No será, más bien, que la naturaleza posee mayores posibilidades de las que estamos acostumbrados a ver? Porque es un hecho que la aberración fue posible y esto es lo inquietante.
Supongamos que nos empeñamos en cruzar un delfín con un orangután. ¿Por qué razón no surgen híbridos de dichas especies?, o ¿por qué no surgen seres intermedios de la copulación entre simios y humanos? La respuesta, adicionalmente a lo que las ciencias biológicas puedan decir con mayor decoro y precisión, es que eso no es posible. Lo cual implica que la naturaleza permite cosas que pensábamos imposibles. De suerte que si se considera al animalín aquél una aberración, se debe más bien a nuestra ignorancia acerca de las potencias de la realidad y no a un accidente de la misma. ¿Cómo es posible que la realidad, por sí misma, se pueda equivocar? Ello implicaría, entonces, que hay una forma correcta de ser de lo real y una incorrecta. O sea que, siguiendo esto, la realidad puede estar bien o mal. Por consiguiente, el bien y el mal serían estados en los cuales se alberga la realidad entera, en función de su correcto o no, devenir. ¡Bonito cuento metafísico!
Pero pensemos que, tal vez, como decía Schopenhauer, la realidad posee una fuerza determinante pero indeterminada que permite ser a todo lo que captamos. Esa potencia explicaría por qué ciertas posibilidades de la realidad se pueden y otras no. De hecho, el filósofo citado, empleaba un término claramente humano, aunque deseaba prescindir del mismo. El término es Voluntad. La realidad es Voluntad, o sea, potencia pura que carece de limitaciones y cuyas objetivaciones son todas las entidades existentes. Diríamos que somos porque fuimos posibles.
De modo que, al ser, somos un resultado de la posibilidad. Y mientras somos, seguimos actuando porque se puede. Este poder ser cósmico es el que llama la atención y que, además, resulta incomprensible pero parece evidente. ¿Qué es esta fuerza? ¿Por qué ciertas cosas se pueden y otras no? Acaso las preguntas sean simplemente retóricas, pues dudo que exista razón que de cuenta de lo a-racional. Con todo, la patencia de la potencia inquieta a la razón y hasta pareciese que la empuja hacer lo imposible: pensar ahí donde no cabe el pensamiento.
Como sea, lo que creemos imposible puede ponerse en duda porque tal vez la imposibilidad sea una categoría de la razón y no un hecho de la realidad. Y, sin embargo, también hay hechos que se niegan a ser posibles y que la razón registra como orden. He aquí la cuestión de fondo, en virtud de la cual, es menester señalar que las aberraciones no deben ser negadas sino asumidas como posibilidad, aunque sea grotesca, de la realidad. A fin de cuentas, lo real no tiene por qué ser necesariamente lo que creemos.
domingo, 13 de febrero de 2011
Estar hasta la madre, como Sicilia
El pasado domingo 17 de abril en el diario La Jornada aparecieron, en sus primeras páginas, las noticias acerca de los familiares que buscan a sus parientes desaparecidos entre los más de 150 cadáveres encontrados en las llamadas "narcofosas", en el municipio San Fernando ubicado en el Estado de Tamaulipas, México. El simple hecho de saber de la existencia de fosas en las cuales arrojaban a los muertos que eran asesinados tras haber sido secuestrados en el autobús que viajaban, por el simple hecho de que los narcos querían dinero para sí y no lo conseguían, es de suyo inconcebible; pero saber que familiares de muchos desaparecidos que buscan, al menos, un cadáver para apaciguar la zozobra ocasionada por no saber nada de sus seres queridos, y que, aún así, las autoridades no garanticen castigos o algún tipo de seguridad, es francamente intolerable.
Qué terrible es darse cuenta de que México es un país de potenciales baleados, de violados o secuestrados. El pueblo mexicano está, literalemente, expuesto a miles de balas perdidas que después son encontradas en la carne de algún inocente. Más grave, todavía, es que el presidente se lance contra el narcotráfico con miles de funcionarios públicos al servicio de la fuerza contra la que, supuestamente, debe actuar. Calderón se quedó solo en una guerra que, de inicio, estaba perdida. Porque, en efecto, quiso iniciar y hacer algo "bueno" a partir de un gobierno corrompido y que discursivamente iba a pelear contra el narcotráfico pero que en la práctica terminó por reconocerlo como poder real. La guerra, pues, estaba perdida y aunque se atrape a los jefes, el mal no se agota y la sangre inocente se multiplica, como si fuese una hemorragia incapaz de detenerse.
¿Cómo no estar hasta la madre? ¿Cómo no gritar "ya basta"? ¿Cómo le pide un presidente a la madre que perdió a su hijo o, viceversa, que piense que su pérdida no ha sido en vano, si a pesar de ella, el supuesto objetivo no se cumple? ¿Por qué no mandar a los hijos de los políticos a los frentes de batalla para que sacrifiquen sus vidas por "limpiar al país de la delincuencia"? ¿Por qué sólo el pueblo sufre y debe tolerar la frialdad de los funcionarios que, con plena naturalidad, les dicen que "dejen de chingar" o "ya, hombre, lo más probable es que sí esté muerto [su familiar]"?
Y cuando acabe la guerra, ¿qué? ¿Los familiares de muertos o desaparecidos se sentirán contentos o satisfechos de que sus seres queridos fueron "mártires" de tan ansiada paz? ¿De veras cree Calderón que logrando que se exterminen los narcos [risas], las miles de familias afectadas vivirán mejor? No cabe duda que la ingenuidad más grave es la que busca una utopía a costa de vidas ajenas e intenta convencer al resto de que así deben ser las cosas. Curioso que este sr. Calderón, diga que su antiguo contrincante en la carrera presidencial fuese un peligro para México. Ojalá que nunca, un día, como a Javier Sicilia, le llegue la noticia de que uno de sus hijos fue hallado muerto junto con otros amigos en el interior de un automóvil; pero si fuese el caso, espero que sea congruente consigo mismo y declare: "Sí, murió mi hijo, pero fue necesario por el bien de México". Sé que suena ingenuo y hasta estúpido, pero al menos yo no mato a nadie con ello.
Y sí, efectivamente, estamos hasta la madre. Ahora, ¿qué vamos a hacer?

jueves, 23 de diciembre de 2010
Sin principios ni razón: posmodernos

viernes, 10 de diciembre de 2010
Decir demasiado

