miércoles, 6 de marzo de 2013

Reivindicar el interior en tiempos del sinsentido del mundo


El mundo está presentando cambios interesantes. En plena época en la cual, según algunos ideólogos, ya no creemos en la historia, en los grandes personajes y en cambios mayúsculos que aturden al mundo, resulta que están ocurriendo movimientos que alteran instituciones y naciones enteras.

Basta observar cómo el mundo entero ha centrado su atención en fenómenos de suma relevancia, como la renuncia al pontificado de Joseph Ratzinger y la reciente muerte de Hugo Chávez. Aunado a lo anterior, los años previos no han pasado desapercibidos y dejan ver situaciones que han inquietado al globo entero, como el levantamiento de diversas juventudes en Medio Oriente, la debacle económica de la Unión Europea y Estados Unidos, la revolución cibernética de Wikileaks y Anonymous, la enfermedad tremenda de Fidel Castro y la llegada de Barak Obama a la presidencia norteamericana.

Todos los eventos referidos son una clara muestra de que siguen habiendo fenómenos que consideramos “mundiales” y cuya repercusión tiene una injerencia fundamental en la existencia cotidiana de los individuos. De ahí que haya que cuestionar esa idea de un “fin de la historia.” En realidad, la historia nos sigue sorprendiendo y aun estremeciendo. “¿Qué sigue ahora?”, nos preguntamos. Los grandes eventos mundiales suscitan invariablemente una pérdida de horizonte y la desazón que implica la incertidumbre y la falta de sentido o rumbo de la civilización mundial, sumerge en la angustia a los habitantes de las diversas urbes. ¿Qué sigue después de Obama y de la crisis financiera de estos primeros veinte años del siglo que corre? ¿Qué sigue tras la ausencia de Castro en Cuba y la muerte de Chávez? ¿Qué sigue después de que el Papa renuncia a su puesto y tambalea la fe católica en pleno siglo de violencia? ¿Qué sigue después de que Wikileaks ha mostrado el camino para detonar sistemas enteros de gobierno o de economía?

Con tantos cambios que ocurren en tan cortos plazos, la asimilación de lo que pueda seguir hacia el futuro de la civilización mundial deviene misterio. No sabemos qué esperar, a ciencia cierta, porque tampoco tenemos referencias del pasado que permitan comprender el desenvolvimiento mismo de estos tiempos.

Acaso lo que quede sea apostar de nueva cuenta por el pensar; por detenernos a reflexionar en torno al sentido de la propia existencia. En torno al sentido de lo social y lo político. En torno a las teorías y sistemas que nos han colocado en la situación actual. Quizá sea urgente, más que nunca, detenernos a entender lo que ha pasado para encauzar de otro modo la manera de ser de cada uno de nosotros. Que no se olvide que, a pesar de los grandes sistemas, estos no son nada sin los hombres concretos.

Así pues, los individuos en su concreción son quienes pueden cambiar las cosas, encontrar un sentido y restablecer una cierta ecuanimidad y serenidad. No son los dioses, como pensara Heidegger, quienes podrán salvarnos. Es el hombre mismo, aprendiendo a esgrimir su logos de otro modo; aprendiendo a gobernar su ethos para, después, transformar su mundo. Ningún dios tiene suficiente poder para que el hombre despierte y tome las riendas de su existencia, particular y colectiva.

Lo que resta, pues, es detenerse a pensar. La acción más importante ahora, no es emprender actividades para contrarrestar el caos que hemos generado. La acción fundamental ahora es volcarnos sobre nosotros mismos, dominar las pasiones alteradas por el sistema capitalista y consumista, y ser dueño de uno mismo. En suma, lo fundamental es aprender a vivir a pesar de las ofertas de todo tipo, con la conciencia clara de que no todo lo hay es necesario. La salvación de la humanidad, si es que cabe hablar en estos términos, está dentro de cada individuo. Por tanto, ningún sistema, ni ninguna política, ni ningún dios podrán salvarnos hasta que no optemos por dominarnos a nosotros mismos.

sábado, 23 de febrero de 2013

Quién-sabe-dónde


Basta acceder a la red, encender la televisión o abrir un periódico para percatarse de que uno se encuentra en quién-sabe-dónde. Este lugar es paradójico porque nos ubica en un tiempo y en un espacio donde con todo lo que pasa, no pasa nada; donde el sentido de los acontecimientos es que no hay sentido; donde todo lo que se dice, no dice nada.

Quién-sabe-dónde son todos los lugares y ninguno a la vez. Es un espacio sin fronteras ni límites claros. Se encuentra en un tiempo sin historia y sin la proyección de un porvenir. En este lugar habitan todos los hombres pero sin pensarse como comunidad: viven todos y cada uno sólo cree que vive para sí. Es un lugar lleno de asombrosos adelantos tecnológicos que sólo pueden poseer quienes tienen mucho dinero, pero poca educación. El poder está en manos de imbéciles y no existen héroes o grandes hombres que sirvan de referencia. Todo esto, por cierto, es lo que llaman progreso.

La política de quién-sabe-dónde es, como la naturaleza toda de su estructura, algo paradójico. Las estructuras de poder son ejercidas por hombres, pero ninguno de ellos puede arrogarse, propiamente, ser el dueño y señor de dichas estructuras. No se persigue la justicia, sino su aparente distribución, siempre y cuando no atente contra los intereses económicos. Los políticos hablan de los pobres y por los pobres pero ellos mismos no experimentan la pobreza. El modo en el cual los políticos conocen de pobrezas es a través de estadísticas: el pobre al cual se refieren los políticos es siempre un resultado cuantitativo, un “alguien” que no tiene “mucho” o que, definitivamente, “no tiene nada”. A pesar de ello, los políticos requieren de los pobres para que haya política y para legitimar sus acciones. Así pues, la política de quién-sabe-dónde exige alimentar la pobreza para que ésta nunca desaparezca.

El tipo de gobierno de quién-sabe-dónde que pretende implementar es la democracia participativa. La cual consiste en afirmar que todos son iguales pero manteniendo las diferencias. Ser diferente, ser único es lo único que importa. Por ello, la política democrática de quién-sabe-dónde, fomenta que las diferencias sean enfatizadas hasta el punto en que cada uno de los habitantes piense que sólo él mismo es lo único que está bien, por el simple hecho de ser él mismo. Así pues, el gran modelo de gobierno de quién-sabe-dónde consiste en mantener a los pobres para que siempre haya que legitimar el poder, lograr que los individuos se individualicen hasta la atomización y que las estructuras políticas, que no son “alguien” sino “algo” sigan funcionando para seguir igual.

En quién-sabe-dónde el sinsentido es lo que rige. La absoluta destrucción de principios lógicos, de pensamientos estructurados y de una idea de bien que oriente las acciones es algo, prácticamente por completo, exiliado de sus confines. Quién-sabe-dónde es un delirio; acaso la consumación de lo impensable por imposible. Subyace, sin embargo, la impertinente y siempre inquieta duda: ¿habrá algo más que quién-sabe-dónde?

sábado, 1 de diciembre de 2012

Y cuando desperté, el dinosaurio volvió a estar ahí


Desde hace cinco o cuatro años, la inquietante presencia del ahora presidente de México, Enrique Peña Nieto, en los medios de comunicación, auguraba su presencia en el poder para el sexenio que va de 2012 a 2018. El país pasaba por momentos de enorme inestabilidad, la violencia se exacerbó debido a la "estrategia" contra el narcotráfico llevada a cabo por Felipe Calderón. Diversas voces se alzaron en contra de tamaña imbecilidad, pero la obstinación y el empeño por aferrarse a dicha estrategia, derivó en desgracias inenarrables, ríos de sangre inocente y altos temores entre la población.

Con tal agitación en el país, la sociedad mexicana parece no haberse percatado del método perverso y silencioso con el cual le estaban imponiendo a Peña Nieto por medio de la publicidad, el marketing y diversas estrategias mediáticas. El actual presidente visitó al papa, se casó con una actriz de telenovelas y vivió "mágicos momentos", todos ellos retratados por revistas de chismes y farándulas que, por desgracia, constituyen una de las lecturas más asiduas que realiza la sociedad mexicana. Evidentemente, hay un dejo de perversidad en el modo en el cual Peña Nieto se inculcó en las conciencias de los mexicanos. En efecto, si los noticieros, los programas críticos, en suma, todos los medios "serios" se dedicaban a hablar de la violencia en el país, los muertos, el dolor de la gente, etc., el mejor medio para poder ver a Peña Nieto, sin el velo de dichas noticias, era el de los espacios donde la gente se recrea y/ u olvida la tremenda realidad; ahí donde las aspiraciones de muchos adquieren rostros, nombres y apellidos, y donde, con mayor facilidad, dan crédito.

Se ha dicho que Peña fue un invento creado por los medios, particularmente por la empresa Televisa. Es decir, se ha sugerido la idea de que el actual presidente es un personaje de ficción, una invención para que el PRI regresase al poder. Esta idea tiene razón, pero no porque los medios hayan inventado la personalidad de Peña, sino porque la ficcionalidad de éste consiste en ser un personaje que cautivó a la sociedad mexicana dándoles algo que, acaso inconsciente o subrepticiamente, desean: que un personaje de novela, que no tiene que ver con las cruentas realidades, cambie las cosas. Así, lo que la mayoría mexicana parece haber expresado al darle su voto a Peña Nieto, es el deseo de que la ficción, ésa que les hace olvidar la miseria de la realidad en la que se vive, estuviese en el gobierno con la ingenua esperanza de que, con el retorno del viejo dinosaurio político, si no mejoran las cosas, al menos se podrán olvidar. Porque si hay algo que supieron hacer muy bien los priistas fue, precisamente, mantener a México en una enorme ficción.

Y sin embargo, el personaje de ficción, el presidente joven con una esposa bella y de altos valores, ha tomado el poder de manera "legal" (nunca legítima). Hoy comenzó ya su periodo presidencial y el pueblo mexicano, a pesar de las muestras de agitación de los jóvenes que pugnan por impedir que se invista con la banda presidencial, lo toma sin más. Es como si el país estuviese dormido, agotado de tantas sacudidas, mezquindades, necedades y violencias hacia sí mismo. Entre reformas laborales, inestabilidad económica, violencia física, desempleo, falta de educación, a la población mexicana parece resultarle común que haya un cambio presidencial. Que los poderosos ejerzan sus protocolos,  llenos de violencia hacia la disidencia, mientras un gran sector de México sigue dormido. Pero, como diría Monterroso, lo peor será que cuando despierte, tal como ahora, los dinosaurios, muy probablemente, seguirán ahí.

sábado, 11 de febrero de 2012

Citas al cuadrado

Me topo recientemente con que hay una nueva pugna intelectualoide, por el reciente otorgamiento del premio "Xavier Villaurrutia" a Sealtiel Alatriste y el trágico escenario de haberlo cachado haciendo unos homenajes a otros escritores, que el resto de los mortales entendemos, sin más, como plagio.

Uno de los que más ha saltado en defensa de los valores de la escritura ha sido Guillermo Sheridan, tal y como pueden constatarlo aquí. Pero lo más significativo de esto que para la sociedad mexicana ha pasado inadvertido y no ocupa un lugar estelar en los noticieros del dos y del trece, es que hasta las autoridades más autorizadas de la UNAM, aún no se hayan pronunciado en relación con las evidencias publicadas del modo en el cual Alatriste se hace de inspiración.

Más indignante aún es que, de acuerdo con la legislación universitaria, si un estudiante plagia, la sanción puede ir desde la reprobación de su asignatura hasta la expulsión definitiva de la Universidad, en virtud de qué tan grave sea el plagio. Pero, al parecer, si los funcionarios plagian, después son premiados y luego se les descubre el plagio, la cuestión es diferente. Esto puede indicar dos cosas: o bien se cree que los académicos-funcionarios son seres moralmente intachables, a quienes por principio les está negado el deseo de facilitarse el trabajo y, con ello, obtener el mayor beneficio, o bien, la legislación universitaria sí contempla sanciones para el plagio, sea quien sea que lo perpetre, pero por ahorita no conviene que se aplique el rigor.

No cabe duda que la corrupción ya ha invadido hasta los puntos que creíamos más seguros. La injustificable acción de Alatriste, aunada a su ridícula explicación (dice que no es plagio sino un "homenaje" a otros autores, una "cita elevada al cuadrado"), sólo dan muestra de que la honestidad en el oficio de las letras ya se está volviendo una prenda para verse bien, en lugar de ser una convicción tatuada en el alma (vaya, hasta el alma está en desuso).

jueves, 15 de septiembre de 2011

La in-defensa filosofía ante la educación

Las aguas en torno a la "desaparición de la filosofía" se siguen agitando y pareciese que con mayor vigor. Los monopolizadores de la "defensa de la filosofía", han logrado (lo digo sin ironía) el acertado punto de hacer que grandes pensadores, como Noam Chomsky, sean testigos del incumplimiento del acuerdo que se logró con la SEP, para incorporar las competencias disciplinares propias de las asignaturas filosóficas.

Eso está muy bien. Pero me preocupa sobremanera que quienes encabezan el movimiento no sean necesariamente profesores de filosofía en la Educación Media Superior. Preguntaré ingenuamente: ¿qué es importante defender, la formación de los jóvenes o la persistencia de materias filosóficas? Muy probablemente, los grandes paladines que defienden a la "Ciencia Primera" afirmarán que se trata de defender ambas cosas. Pero si esto es verdad, ¿por qué no hay desplegados de la juventud que siente como ultraje el que se le retiren las materias filosóficas? Y si los hay, ¿no será porque sus profesores los involucran sin hacerlos suficientemente concientes de por qué se defiende a la filosofía?

La gran mayoría de nuestros jóvenes desean tener una posición de ventaja dentro del mundo que habitamos. El cual, nos guste o no, es esencialmente capitalista con una complejidad cada vez mayor y  extrapola la competencia entre los individuos. Así, dado el mundo (civilizado, según dicen) en el que vivimos, es evidente que los jóvenes están aprendiendo a moverse para sacar el mejor provecho y la mayor ventaja para su propio bienestar. Pero por bienestar debemos entender ahora accesibilidad monetaria o poder financiero. De tal manera que estar bien significa hoy en día tener capital para moverse: hacerse a partir de lo que se puede tener.

Así pues, nuestro tiempo es, en cierto sentido, teleológico. Es decir, supone que todo lo que se aprende debe tener una utilidad para obtener algo. De este modo, el aprendizaje o la educación, se observa como un medio para lograr metas tales como un buen empleo y la consiguiente obtención de dinero que, a su vez, deviene en posibilidad de tener y de ser: el hombre desea tener. Por esta razón se entiende que uno de los grandes prejuicios que configuran la realidad contemporánea, sea la creencia de que todo, el conocimiento incluido, debe servir para algo; más aún, debe ser un medio para producir otra cosa que estimule la propia satisfacción en términos materiales. Incluso las religiones contemporáneas, que antaño velaban por el cuidado del espíritu, hoy en día sólo se consideran efectivas si dicho cuidado se refleja materialmente, esto es, si se siente la tranquilidad del espíritu mediante la adquisición de bienes.

Frente a este contexto, ¿cómo lograr que los jóvenes que crecen y se desarrollan en medio de este contexto se interesen por la filosofía? No es gratuito, por lo mismo, que se pregunten una y otra vez por la utilidad de la filosofía. Y al no existir una única respuesta y, por consiguiente, un objetivo claro que pudiera alcanzarse con ella, es evidente que no despertará mucho interés.

Analicemos el siguiente video:




Dado que, efectivamente, la población "civilizada" educa a los jóvenes desde su infancia con la ideología del consumismo, del "tener para ser", es claro que en su juventud creen que ello es normal. ¿Cómo pretende la filosofía, al menos en nuestro país, combatir esa opinión en uno o tres años? Si no ha podido, ¿qué garantiza que podrá después, aun logrando permanecer en los planes de estudio?

Me parece que no sólo hay que defender la permanencia de la filosofía en los planes de estudio, sino que hay que repensar la educación desde la base y, con ello, ejercer la filosofía como un auténtico ejercicio que reconoce el verdadero servicio que da: formar al hombre. Si esto no se logra, quizá entonces la filosofía no pase de ser un mero divertimento mental que, aun haciendo crítica, no logra cambiar nada.

lunes, 11 de julio de 2011

Adiós a Sánchez Vázquez





Desde el año pasado, tengo la extraña sensación de que una gran generación de pensadores y artistas se han comenzado a ir de este mundo. La cuestión es, sobretodo, que pareciese que se van en grupo, dejando un espacio muy grande difícil de llenar.




Siendo honesto, en realidad es poco lo que tengo que decir sobre el filósofo español. Confieso que no soy seguidor de la filosofía de Sánchez Vázquez, pero si algo he de admitir, es que hizo cosas muy importantes en la cultura. Fue un pensador cabal, que se entregó al marxismo tratando de imprimirle una renovación necesaria. Su filosofía pretendió, por si fuera poco lo anterior, incluir en el marxismo una veta estética, esto es, una reflexión en torno al arte como parte del devenir histórico-material. Pensar el arte, desde el materialismo es, sin duda, una audacia que exige la agudeza y buen genio de quien lo postula.




Alcancé, a pesar de su edad y de la mía, a escucharlo de viva voz en su casa, la Facultad de Filosofía y Letras y, desde entonces, he sabido que con él se acababa la riqueza de los maestros exiliados que llegaron a nutrir nuestras ideas y nuestra cultura. Es, por tanto, verdaderamente una pena que el penúltimo pensador exiliado haya partido ya definitivamente de este mundo, para dejar de ser exiliado y habitar en la constelación de los grandes pensadores.




Que descanse en paz, Dr. Adolfo Sánchez Vázquez.

domingo, 5 de junio de 2011

Porque se puede

Hace ya algunos meses atrás, anduvo circulando por la internet y alguno que otro diario de cierto interés, la siguiente imagen:



El simpático animal, causó sensación por el hecho de ser el producto de la primera cruza entre un burro y una cebra o entre un cebro y una burra. La cuestión es que, ante tal grado de extrañeza, la comunidad protectora de animales (y no sé, tal vez hasta Greenpeace) internacional, pegó el grito en el cielo denunciando tal aberración. ¿Cómo es posible -decían los defensores de los animales- que el hombre haga semejantes experimentos? ¿Qué derecho tiene el humano para alterar así a la naturaleza?


Lo cierto es que todo se apagó rápidamente, como siempre, y hoy probablemente ya nadie se acuerde de nuestro burrobro o cebrurro. A pesar de ello, podría uno preguntarse si, efectivamente, el hombre alteró la naturaleza. ¿No será demasiado afirmar que el ser humano ha logrado superar las creaciones naturales? ¿No será, más bien, que la naturaleza posee mayores posibilidades de las que estamos acostumbrados a ver? Porque es un hecho que la aberración fue posible y esto es lo inquietante.


Supongamos que nos empeñamos en cruzar un delfín con un orangután. ¿Por qué razón no surgen híbridos de dichas especies?, o ¿por qué no surgen seres intermedios de la copulación entre simios y humanos? La respuesta, adicionalmente a lo que las ciencias biológicas puedan decir con mayor decoro y precisión, es que eso no es posible. Lo cual implica que la naturaleza permite cosas que pensábamos imposibles. De suerte que si se considera al animalín aquél una aberración, se debe más bien a nuestra ignorancia acerca de las potencias de la realidad y no a un accidente de la misma. ¿Cómo es posible que la realidad, por sí misma, se pueda equivocar? Ello implicaría, entonces, que hay una forma correcta de ser de lo real y una incorrecta. O sea que, siguiendo esto, la realidad puede estar bien o mal. Por consiguiente, el bien y el mal serían estados en los cuales se alberga la realidad entera, en función de su correcto o no, devenir. ¡Bonito cuento metafísico!


Pero pensemos que, tal vez, como decía Schopenhauer, la realidad posee una fuerza determinante pero indeterminada que permite ser a todo lo que captamos. Esa potencia explicaría por qué ciertas posibilidades de la realidad se pueden y otras no. De hecho, el filósofo citado, empleaba un término claramente humano, aunque deseaba prescindir del mismo. El término es Voluntad. La realidad es Voluntad, o sea, potencia pura que carece de limitaciones y cuyas objetivaciones son todas las entidades existentes. Diríamos que somos porque fuimos posibles.


De modo que, al ser, somos un resultado de la posibilidad. Y mientras somos, seguimos actuando porque se puede. Este poder ser cósmico es el que llama la atención y que, además, resulta incomprensible pero parece evidente. ¿Qué es esta fuerza? ¿Por qué ciertas cosas se pueden y otras no? Acaso las preguntas sean simplemente retóricas, pues dudo que exista razón que de cuenta de lo a-racional. Con todo, la patencia de la potencia inquieta a la razón y hasta pareciese que la empuja hacer lo imposible: pensar ahí donde no cabe el pensamiento.


Como sea, lo que creemos imposible puede ponerse en duda porque tal vez la imposibilidad sea una categoría de la razón y no un hecho de la realidad. Y, sin embargo, también hay hechos que se niegan a ser posibles y que la razón registra como orden. He aquí la cuestión de fondo, en virtud de la cual, es menester señalar que las aberraciones no deben ser negadas sino asumidas como posibilidad, aunque sea grotesca, de la realidad. A fin de cuentas, lo real no tiene por qué ser necesariamente lo que creemos.