¿Quién puede ser moral?


Hablar de moral en nuestros días es una cuestión, prácticamente, inhóspita. En muchos contextos, la palabra ‘moral’ se encuentra menospreciada o devaluada y se le suele vincular con la religión o con una personalidad “puritana” que cree en cosas cursis como “el bien” o “el amor”. También se puede creer que alguien moral es aquél que tiende a regañar y señalar al otro que actúa, piensa o dice algo que –desde su punto de vista– “está mal”; todo lo cual hace que personas así sean molestas, por decir lo menos. Frente a esto, nuestro tiempo es peculiar porque confunde la tolerancia con la permisividad; señalar que algo no está bien en otra persona ya no se considera una preocupación por el otro, sino una intromisión en sus creencias, ideología o, en suma, en su vida.


Ser moral es vivir con valores: implica ser valiente y valioso. Hablar de valores hoy en día, sin embargo, también resulta molesto para muchos; se solía afirmar que los valores eran una especie de entidades a las cuales uno tenía que adaptarse con pulcritud y claridad. Se pensaba que los valores hacían valiosa a una persona en virtud de que ésta tenía valores. Hoy por hoy, no obstante, se considera que los valores son sólo una quimera, una invención ficticia para disuadir la posibilidad de que los hombres hagan lo que les venga en gana. La realidad contemporánea reitera, una y otra vez, que a la gran mayoría de las personas “le vale” los valores. Más aún, para muchos, lo único valioso es uno mismo y, por consiguiente, sólo lo que éste cree valioso recibe la condición de ser valor.


¿Por qué se evade la posibilidad de ser moral y poseer valores? Cabe considerar que las nociones de valor y moral, desde antiguo, se encuentran ligadas muy íntimamente a la facultad racional humana. Este dato no es nada trivial, pues ofrece una pauta para acercarnos al problema que estamos enunciando. Los valores y la moral, son –en muchos sentidos– más afines a la racionalidad que a cualquier otra facultad humana. Históricamente, se ha pensado que la cualidad distintiva del hombre es la razón, y esta manera de entender al hombre es ya bastante añeja, pues procede de Aristóteles e incluso de tradiciones previas al oriundo de Estagira. Y es que al animal humano se le sobrepone la racionalidad como una cualidad que se encuentra además del ámbito biológico. La cuestión sería buscar las razones por las cuales se pensó que esa sola cualidad (que no por ser “sola” es simple) preponderaba al hombre frente al resto de lo real. Como sea, lo cierto es que la moralidad se halla vinculada con la razón, entre otras cosas, por su capacidad regulativa de la conducta; es decir, por el hecho de generar un orden que permite controlar el comportamiento: procura la mesura de las pasiones y la pertinente, y aun necesaria, reflexión que prevea las consecuencias de los actos.


En suma, la moral permitiría actuar de la mejor manera posible después de una sesuda reflexión y consiguiente acción. Así, la claridad del pensamiento posibilitaría el adecuado y prudente comportamiento, con el objeto de tender al bien o la felicidad. Sin embargo, esto que se puede comprender teóricamente y hasta evaluar en una prueba de ética es lo menos practicado por muchas sociedades. Pareciese que se actúa sólo por impulso y se omite la racionalidad, es como si sólo bastara saber a-teóricamente que el único objetivo de la vida es mantenerse bien uno mismo todo el tiempo. Las acciones morales se reducen a una sola que podría enunciarse de la siguiente manera: “si yo estoy bien, todo lo demás debe de estar bien”.


El verdadero problema es que, en muchas ocasiones, ser moral genera sacrificios y renuncias a los dictados de las pasiones. Cierto es, como señala Lipovetsky, que la era de los ideales eternos y perennes, la época de creer en lo trascendente renunciando a lo propio de cada uno, ha terminado. El auto regocijo y la complacencia de uno mismo impera bajo una hipocresía lacerante. “Amor a uno mismo” hoy significa narcisismo y egolatría; complacencia inédita acompañado de falso altruismo y (pseudo)rescate de valores morales: el individuo por sobre cualquier cosa. Ser moral, ya lo advertía Sócrates, implica un dolor terrible, pues tener en mayor estima padecer injusticia en lugar de sacar provecho de las ventajas que cometerlas trae, es un sacrificio terrible y, en nuestros días, terriblemente estúpido.Qué difícil es ser moral en un mundo atrofiado por los deseos excesivos de querer y tener más. Cuán lejos se está de renunciar a uno mismo por el otro. Qué difícil es dejar-ser ahí donde el propio ser está acotado por lo que no se es. En suma, la dificultad de vivir sin el placer inmediato, para vivir virtuosamente, para tratar de encontrar aquello que tanto falta. Qué difícil, pues, vivir por uno mismo, vivir dentro de nuestra morada interior.

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