Asombrarse en el reflejo del agua


Dice un dicho popular que recordar es volver a vivir. Y es que la remembranza es un signo de vitalidad porque sólo se otorga nueva vida al pasado, viviendo el presente. No es simple nostalgia aunque ella motive el deseo de re-traer a los muertos.

En este caso, deseo revivir al viejo Tales; sí, el de Mileto. Aquel que fue considerado por muchos uno de los siete sabios de la Hélide; ese despistado que miraba las estrellas cuando la tierra lo traicionó precipitándolo a un hoyo mientras una chica se burlaba de su situación. El viejo Tales, el anciano despistado que por mirar las estrellas, enseña a todos los filósofos posteriores que es posible volverse rico, no sólo materialmente sino y principalmente, en felicidad.

En tiempos de Tales, los dioses homéricos y hesiódicos aún vivían y recorrían todos los días la vía láctea. Apolo inauguraba, con su pequeña, la joven Aurora, el amanecer cotidiano. Sí, el cielo no tenía sólo cuerpos celestes ardiendo, sino seres inmortales que iluminaban, orientaban e inspiraban a los hombres. Fijar la mirada en el cielo era la sabiduría, por eso Tales era sabio.

Pero también fue filósofo. Los sabios estaban en los astros, eran los dioses. Mirarlos no era otra cosa que amarlos, vivir embelezados por su belleza, su perfección y permanencia. La sabiduría, entonces, nunca desaparecía; cada noche, cada día, estaba allí. Y el viejo Tales, sin duda, siendo hombre se asombraba y, por supuesto, se caía. No negaba su lugar a los dioses, porque él creía que ellos eran los únicos sabios. Por tanto, es probable (¿cómo saberlo?) que él se supiera limitado y sólo aspirante a contemplar la divinidad. Sabía que no lo sabía todo, como casi un siglo después lo sabría Sócrates.

Tales miró el agua científicamente, es decir, sin considerar que sólo servía para regar la tierra y saciar la sed. No, el agua propiciaba la vida de prácticamente todo el universo que él alcanzaba a comprender; también era la fuente de muchas historias y, en sí misma, le daba forma y sentido a todo un reino que
gobernaba Poseidón. En tiempos de Tales, el agua no se reducía a un par de elementos.

Pero sobre todo, el agua reflejaba el cielo y, por tanto, el cosmos. El agua era más que un líquido a través del cual todo tenía sentido. El agua, pues, reflejaba  dioses, mundo, hombres. Por ello, no podía sino ser el principio de todas las cosas. Esto, sin duda, es asombroso.

Hoy, las aguas escasean, cuestan mucho y muchas de ellas ya son negras. En nuestros días, el agua es un par de elementos que lejos de asombrarnos nos resulta indiferente (hasta que se a-gota). Recordar a Tales, es revivir ese asombro y extrañar el sentimiento de perplejidad de algo que hoy es una necesidad. El agua de nuestro tiempo ya no refleja nada; la suciedad (del hombre, ¿qué otro animal tan sucio?) impide mirar la eternidad. Ya no hay, por tanto, dioses, mundo ni hombres…

Por eso, vale la pena, de cuando en cuando, recordar al viejo de Mileto.







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