jueves, 23 de diciembre de 2010

Sin principios ni razón: posmodernos



Hace algún tiempo, harán unos dos años, acá en México se transmitía por televisión una telenovela inspirada en el Conde de Montecristo. Sospecho que algún "talentoso" guionista le pareció una historia genial cuya adapatación a la sociedad clasemediera mexicana era impostergable y, por si fuera poco, se le antojaba como un éxito. No supe si lo fue, pero comenzó a haber reediciones de dicha novela con los personajes de la telenovela en la portada. Fue uno de los más lamentables golpes a la literatura universal.

Naturalmente, la adaptación no fue mala sino pésima. Pero lo que más recuerdo con terror, fue una escena en la cual el protagonista (un boludo traído de la Argentina) se encontraba esperando a la coprotagonista para ir a cenar a un lugar muy finolis, mientras ella terminaba de dar los toques necesarios a su maquillaje para cautivarlo con su belleza; al aparecer la chica-madame fatale ante el argentino, éste dijo: "¡Vasha! ¡Sos toda una mujer posmoderna!"

Irónicamente, esa breve frase es lo más rescatable y aun memorable de aquella fallida adaptación. Y es memorable por la sencilla razón de que no sólo la actriz, sino el conjunto entero de aquel programa de televisión era, en efecto, posmoderno. Sin embargo, tengo mis dudas acerca de si el personaje realmente sabía de lo que hablaba; es decir, dudo de que en la telenovela tuvieran verdadera consciencia de lo que quiso decir.

Lo que es verdad, sin embargo, es que la Posmodernidad es algo en nuestro presente y no es sólo un supuesto teórico de algunas corrientes sociológicas, literarias, artísticas o filosóficas. Para éstas, en general, la Posmodernidad puede verse prácticamente como un nuevo periodo histórico en el cual el proyecto Moderno (sobre todo desde la Ilustración) ha fracasado. Nos encontramos, según esta visión, ante el ocaso del humanismo, la imposición de un sistema mercadotécnico y la cruel verdad de que no existen principios ni fundamentos en sí mismos que sirvan de asidero al hombre. Es, por decirlo de algún modo, el darse cuenta de que somos huérfanos, exiliados de ningún lado y sin posibilidad de volver a nada.

Pese a esto, no creo que esta nueva "etapa" sea algo que se opone a lo Moderno; es decir, no considero que sea una especie de antítesis, sino su más cabal perfeccionamiento. Dicho en otros términos, no creo que nos hallemos en una posterioridad de lo Moderno, sino en una suerte de Ultramodernidad. Es decir, nos encontramos en una fase en la cual, el mecanicismo y sistematización de prácticamente todos los ámbitos de la vida humana, se han llevado a cabo. El mundo humano es hoy, tristemente, mecánico: todo funciona con electricidad y ondas de todo tipo. La Racionalidad calculadora ha logrado automatizar la vida misma, al grado de que sin tecnología simplemente no es posible vivir.

Ahora bien, desde mi perspectiva, una auténtica superación de lo Moderno sería, precisamente, el momento en el cual la Racionalidad (fundamento Moderno) dejase de operar, esto es, la Modernidad sería superada si el paradigma último de referencia fuese cambiado. Por ejemplo, es factible hablar de un paradigma distinto entre la Antigüedad y la Modernidad, porque en aquélla, el fundamento último no era la Razón, sino la Physis, el orden absoluto del Todo, al cual se adecuaba el resto. Este paradigma cambió de la Antigüedad a la Edad Media, porque de la Physis se pasó al Dios judeo-cristiano, quien se volvió el centro de referencia de todo lo humano. Para la Modernidad, la referencia fue la Racionalidad, entendida ésta como la facultad que posibilita el cálculo y la precisión, de modo tal que garantiza certeza y seguridad. Por esto último, no debe llamar la atención que sea la sociedad Moderna la más organizada según la facultad racional.

Pues bien, dicho referente, a saber, la Racionalidad, no ha dejado de ser el fundamento de nuestra sociedad. A pesar de que los posmodernos hablan acerca de una falta de fundamento, negando con ello a la racionalidad, ésta sigue siendo la dueña y señora de las actividades vitales de los seres humanos hoy en día. Sin duda, el fundamento que hemos inventado, a saber, la Razón, es un fundamento espurio, se diluirá pobremente cuando no existan más individuos en el mundo; pero mientras la sociedad siga existiendo, la racionalidad se seguirá alimentando de sus esclavos.

El posmoderno advierte que no hay fundamento, que la Razón, el Sujeto absoluto o trascendente, Dios o cualquier otro, son simples ideas fugaces cuya existencia independiente del hombre es falsa. Y al negar la posibilidad de otro fundamento, afirma la negación absoluta: la Nada como auténtico contenido de lo Real. Así, el posmoderno concluye que no hay nada detrás de las apariencias, que no hay fundamento, que todo depende del poder en turno, que no hay valores, que todo da lo mismo, que todo es rescatable. Para el posmoderno, en suma, todo da igual.

Y a pesar de la actitud Posmoderna, la Racionalidad es lo que sigue operando. La industria cultural, la economía, la guerra, la informática y hoy en día la Internet, son la patencia de que nuestra realidad es, esencialmente, racional. Sin embargo, esta racionalidad no inspira nada, no permite que se desarrollen otras actividades alejadas de lo técnico, todo lo consume y lo subsume. Esta racionalidad adoctrina, mecaniza, ordena y nunca da la cara. Es un orden sistemático de mil rostros y ni una sola mirada.

Todo lo cual nos deja ver que este orden mundial en el que vivimos es estrictamente racional, al punto de que no fomenta el crecimiento ético ni estético. La fe se desploma ante la racionalidad médico-cietificista y, por si fuera poco, las relaciones humanas se humillan ante la presencia, cada vez más creciente, de la mediación cibernética (y ya ni hablemos del cuidado del lenguaje, que esto es, como se sabe, una batalla perdida).

La Posmodernidad es, desde esta perspectiva, el triunfo de la automatización racional. No entiendo, por esto, qué sentido tienen ciertas corrientes artísticas que pretenden anular al sujeto, si éste, en la vida cotidiana, ya se halla abnegado por el sistema mismo. Así las cosas y, por fortuna, el sistema aún no es del todo perfecto, motivo por el cual todavía es posible seguir dando razón de lo que ocurre e incluso, los más temerarios, todavía logran ser éticos, a pesar de toda falta, a pesar de tantos hombres y mujeres posmodernos.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Decir demasiado


Quizá el oficio filosófico, además de ser el más noble -según dice Aristóteles-, es también el más peligroso. El compromiso que el filósofo tiene con la verdad, resulta ser muchas veces amenazado por el poder, quien desde antiguo, siempre da mucho de qué hablar. Decir la verdad no siempre es cómodo por la simple razón de que se hace ver la gravededad de las acciones de uno mismo. Aquel que no reflexiona, generalmente no se juzga y no repara en las consecuencias de sus actos y, por ello mismo, considera una ofensa que alguien más le juzgue si él mismo es incapaz, por gusto o por deficiencia, de hacerlo. Nada más recuérdese el caso de Sócrates, quien murió injustamente, precisamente por su afán cuestionador, por no callarse ante la supuesta sabiduría de la que los sofistas se arrogaban el título de maestros.


A lo largo de la historia del pensamiento Occidental, han habido casos ejemplares de persecusiones de aquellos quienes han osado alzar la voz o esgrimir la pluma frente a las injusticias, los malos hábitos, la sinrazón y los abusos. Dichas persecusiones han derivado en muertes ejemplares, en martirios o sufrimientos memorables que ennobleccen a quien se inmola de tal manera. El del filósofo es destino temible cuando es comprometido. Y es temible, porque al decirlo todo y decirlo como es, muchas veces se hace temblar.


A nadie le gusta escuchar la verdad. Pero no la verdad en abstracto, aquella que se adecua a lo real y en ello confirma la corrección de su ser. La verdad que se niega es la propia, la que entraña y funda el orden de las propias acciones. Se rehúye esa verdad que exige responsabilidad por los propios actos, que reprocha la falta de reflexión en los motivos, que pide cuentas ante el dolor causado a terceros por la impericia y egoísta decisión tomada. Esta verdad es la que fastidia, cuando se hace evidente la no adecuación entre lo que se dice hacer y el fluir de las propias acciones.


Poder se traduce en "poder de acción". Quien es poderoso, literalmente, puede hacer lo que le venga en gana sin restricción alguna. Es el filósofo, a través de la reflexión ética, quien ha tratado de contener al poderoso, a ese sujeto que se yergue sobre el sometimiento del resto. Y, al hacerlo, el filósofo encara al poderoso, lo retrata con sus palabras y, al reflejarlo, éste intenta por todos los medios destruir la imagen para que nadie reconozca su debilidad. El poder, ofendido y desafiado, la mayor de las veces intenta reprimir a quien no se calla, a ese insolente que revela la oscuridad de las acciones del poder.




Herederos de esto son, sin duda, los periodistas serios. Y con "serios" lo que se quiere decir es que se trata de aquellos que acuden a fuentes confiables, que se atreven a adentrarse en los dominios de quienes detentan el poder de manera injusta o infame, y exponen la miseria que adorna a los empoderados. Pero decir la verdad siempre ha sido necesario, pero también ha sido un ejercicio ingrato, sobre todo para quienes esperan algo a cambio de decir la verdad. El periodista y el filósofo difieren en este punto, pues mientras aquél busca informar por trabajo, deber moral o compromiso ideológico en pos de un mundo mejor, el filósofo sabe que la verdad no entraña nada más que la correcta relación entre el mundo humano y el mundo en general. Decir la verdad, efectivamente, abre la consciencia de otros, pero no para que se dé una revuelta por parte de "los engañados", sino para que no se les engañe y abuse en ningún sentido. El periodista busca verdades de enemigos concretos: empresas, televisoras, políticos. El filósofo busca verdades de todo.


Sea como fuere, todavía hoy en la supuesta era de la "libertad de expresión" decirlo todo sigue siendo mal visto y aun perseguido. Basta ver lo que está ocurriendo en el mundo con lo del famoso Wikileaks, quien ha dejado escurrir demasiada información, al grado de que las grandes potencias buscan acallarlo. Los tiempos, ciertamente, han cambiado y sin embargo el hombre aún no logra aceptar que se le diga la verdad, que se le diga que actúa mal, que defrauda y engaña. El hombre, es decir, la humanidad, sigue condenando a Sócrates simbólicamente, pues sigue sin comprender que el mayor servicio que le puede dar un ser humano a otro es decirle la verdad para mejorar su ser, para ser más humano.