martes, 29 de diciembre de 2009

De nada sirve la filosofía. Diálogo con Ernesto Priani

El último texto que ha colocado Ernesto Priani en su guía de perplejos es bastante sugerente. El texto es el fragmento de una entrevista que se le hizo a Jorge Portilla (autor de la obra titulada Fenomenología del relajo) donde se le cuestiona la utilidad de la filosofía. Dice Portilla que la filosofía sirve para comprender, esto es, ser capaz de dar cuenta de nuestro entrono y, a partir de ello, poder vivir. Resulta, entonces, que comprendemos para vivir. Cada época histórica es, por tanto, el resultado de una comprensión, o sea, de una cierta filosofía.
Me parece que, como lo indica el propio Portilla, su respuesta es un "lugar común". Sin embargo, lo que considero llamativo es que la respuesta que ofrece a la pregunta del para qué de la filosofía es tan ambigua, que resulta extraño que sea algo común: "comprender el mundo es transformarlo". A partir de esta respuesta podríamos deducir que las transformaciones del mundo se deben a una previa comprensión, o sea, a una filosofía detrás. En pocas palabras, los filósofos, en tanto comprensores, dominan al mundo pues son sus compresiones las que lo transforman. Lo más extraño de todo esto es que, si fuese verdad, entonces la gente que no se dedica a la filosofía habría de ser considerada tan tonta que no se da cuenta de la titánica labor del filósofo y, por tanto, tiene que increparlo para entender qué hace.
Sin embargo, creo que no es sólo ignorar el valor de la cultura en su conjunto, sino la ambigüedad propia del quehacer filosófico lo que hace surgir las preguntas de qué y para qué el filósofo hace lo que hace. Y es que no es tan tonta la pregunta, porque los estudiantes que ingresan a la carrera de filosofía también se lo cuestionan; y lo hacen, entre otras muchas causas, porque tienen que encontrar una manera de afirmar su labor frente a otras. Ante profesiones como la del ingeniero o el médico -por ejemplo-, con tan prestigiados desempeños sociales, el filósofo es un ser incomprensible y hasta desechable por su inutilidad e improductibilidad. Efectivamente, como dice Ernesto, quien demanda una respuesta acerca del para qué de la filosofía, no comprende el sentido de la cultura; sin embargo, las nuevas generaciones de filósofos provienen de esa gente que ignora el sentido de la cultura. ¿Es que hay que tener claro el sentido de la cultura para, entonces, comprender y valorar el quehacer filosófico?
Considero que sí debe existir una cierta respuesta a la pregunta "¿para qué sirve la filosofía?", por tonta que parezca la cuestión. Y es que, dar por sentado que hacemos algo de lo que no podemos dar razón, me parece una contradictio in termini siendo filósofos. Considero, incluso, que es una falta de auto-reflexión promovida por el hartazgo. Eduardo Nicol, por ejemplo, decía sin reparo ni flaqueza, que la filosofía no servía para nada en el sentido de que no produce absolutamente nada en sentido pragmático o técnico. Enfatizaba Nicol que, en todo caso, el servicio de la filosofía es formar al hombre, hacerlo más consciente de sí y de su entorno, pero no al modo en como lo enuncia Portilla. Es decir, no se trata de comprender al mundo y vivir bajo una determinada comprensión; Nicol pensaba justo lo contrario, se trata de comprenderse a uno mismo, para liberarse de ideologías preestablecidas.
Es sintomático que se tenga que tener una noción general de la cultura para hacer claro el quehacer filosófico. Y es que, en sentido estricto, la filosofía nunca ha sido clara en su propio quehacer y, por consiguiente, siempre escapa a la cuestión de su utilidad. Esto, sin embargo, se acentúa más en nuestra época, porque ella está basada en una ideología mercantil, económica, pragmática y productora. Creo que de lo que se trata es de seguir instruyendo a quien no comprende el sentido cabal de la cultura (y, por tanto, de la filosofía), sobre dicho sentido. El filósofo no sirve para nada porque la filosofía no es sierva de nada. La de la filosofía es, pues, una actividad esencialmente liberadora y sólo sirve para hacer más humanos a los hombres. Su función no es crear engranes de estructuras gigantes o de sistemas que "producen" ideas que puedan ser útiles.
Pero quien inicia en la filosofía, difícilmente puede ver esto con claridad; así, seguir pensando el para qué de la filosofía puede parecer una necedad, pero ayuda bastante a quienes se inclinan por la filosofía sin saber exactamente lo que es, para no abandonarla porque les resulte una actividad "inútil".

martes, 8 de diciembre de 2009

La dificultad de evaluar

Quizá una de las labores más tormentosas de un maestro es la evaluación. Es probable que todavía haya profesores (porque nunca falta la mala hierba) que consideren que las evaluaciones constituyen la oportunidad de hacer que los estudiantes lleguen al límite de sus capacidades. Y es que la noción misma de evaluar resulta insufriblemente demoledora: evaluar es colocarle un valor a las capacidades de los estudiantes. Esto supone, evidentemente, que unos valen más que otros y, claro, los que "valen menos" pueden ser tachados de tontos, flojos, inútiles, incapaces o incompetentes. Otros alumnos pueden ser valuados como "mediocres" y unos más, como "brillantes".

Como sea, mucho se ha difundido la idea de que la evaluación o la nota es sólo un número y que, por tanto, no es tan importante, o bien, no refleja las verdaderas capacidades o potenciales. Queda, por supuesto, la suspicacia que nos invita a preguntar: si la calificación es tan irrelevante, ¿por qué evaluamos? Evaluamos para clasificar, para discernir, para distinguir, para separar. ¿Y qué se logra con ello?

De acuerdo con sendas teorías pedagógicas, la calificación del alumno es la calificación del maestro. Por lo que, si el alumno sale bien, el maestro es bueno; de lo contrario, el docente resulta un incompetente. De nueva cuenta, la educación se ciñe a un ámbito cuantitativo y, por consiguiente, pragmático y programático. Según esto, la evaluación permite observar el desempeño educativo para que éste, si es deficiente, mejore y si es bueno, se conserve. Lo que se busca es precisión en la eficiencia.

Sin embargo, evaluar en humanidades no es cosa fácil. No es posible medir si se ha aprendido a ser humano, poeta, filósofo, artista, literato o historiador. Y aunque haya criterios de evaluación, muchas veces son injustos porque dejan de lado las peculiaridades de los alumnos. La objetividad es un rasgo esencial de la evaluación. ¿Cómo ser objetivos en humanidades?

La pregunta me deja atónito y con una profunda insatisfacción, acaso traición a mí mismo, pues a pesar de no estar de acuerdo, el sistema en el que laboro exige que haga justo lo que creo que no se puede hacer: ser cuantitativo, objetivo, pragmático y programático en algo que es profundamente humano: el ethos.

Y es que intentar calificar con el mínimo de injusticia posible es una hazaña titánica y desgastante; hazaña que, de todos modos, nadie reconoce más que uno mismo. Lo importante es no decaer y perderse en el "facilismo". Cada alumno es diferente y son sus cualidades las que debemos observar. En la educación, lo común no es tan importante.